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La historia del ambientalismo cuenta entre sus grandes eventos la publicación en 1962 del libro La Primavera Silenciosa, de la bióloga norteamericana Rachel Carson (1907-1964). En esa obra, Carson divulgó la información científica necesaria para sustentar la denuncia de los riesgos del uso masivo de insecticidas como el DDT para el control de plagas en la agricultura industrial.

Para entonces, Carson era ya una científica conocida por su trabajo en biología marina y su capacidad como divulgadora del conocimiento científico. Esa labor incluía la publicación en 1951 de su libro El Mar que nos Rodea, que sigue siendo una obra ejemplar en ese campo.

Con todo, los eventos culturales siempre expresan procesos históricos más amplios y complejos. Así, La Primavera Silenciosa logró vincular el estado del conocimiento científico ambiental de su tiempo con el sentido común de una clase media educada, que para la década de 1960 luchaba por liberalizar un entorno político conservador e incidir en el desarrollo de una sociedad democrática.

Ese vínculo de la obra de Rachel Carson con su sociedad nos remite a lo dicho por Antonio Gramsci al señalar que este tipo de eventos expresa cómo “nace un nuevo modo de concebir el mundo y el hombre”, que “no se halla ya reservada a los grandes intelectuales, a los filósofos de profesión sino que tiende a hacerse popular, de masa, con carácter concretamente mundial, modificando (aun con el resultado de combinaciones híbridas) el pensamiento popular, la momificada cultura popular.”[1]

La Primavera Silenciosa llegó a sus masas en alas de una alta cultura ambiental que para 1956 había producido un simposio internacional dedicado al papel del hombre en la transformación de la faz de la Tierra, en el que fueron planteados en lo esencial muchos de los grandes temas que animarían el desarrollo de la moderna cultura ambiental. Una científica como Rachel Carson no pudo dejar de reconocerse en lo planteado allí por el geógrafo Carl Sauer, al decir quevivir por encima de nuestros medios se ha convertido en una virtud cívica, y el incremento del ‘rendimiento’ en el objetivo de la sociedad”, para concluir que

Los altos momentos de la historia no han llegado cuando el hombre estaba más preocupado con las comodidades y los goces de la carne, sino cuando su espíritu se vio estimulado a crecer en donosura. Lo que necesitamos más, quizás, es una ética y una estética bajo las cuales el hombre, al practicar las cualidades de prudencia y moderación, pueda en efecto legar a la posteridad una buena Tierra.[2]

Tales fueron algunos de los puntos de partida en el camino que hizo del ambientalismo un movimiento de masas. Tenemos mucho que aprender de personalidades como esas, de los eventos que produjeron, y de los procesos en que participamos a partir del aporte que nos legaron.


[1] Gramsci, Antonio, 2003: El Materialismo Histórico y la Filosofía de Benedetto Croce. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires. “II: Algunos problemas para el estudio de la filosofía de la praxis”, p. 113.

[2] https://es.scribd.com/document/220898587/Carl-O-Sauer-La-Gestion-Del-Hombre-en-La-Tierra