Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Guillermo Castro H.

En su momento, el educador ambiental Kleber De Lora lo expresó con toda claridad: la educación ambiental, dijo, es la educación. En efecto, vivimos en un cambio de tiempos en que no basta añadir lo ambiental como una materia más a la educación para el crecimiento sostenido. Hoy es necesario pasar a otra educación, que facilite hacer sostenible el desarrollo de la especie humana.

Ya hemos vivido cambios así. En la Edad Media, toda la cultura se organizaba en torno a la salvación del alma, y toda la educación giraba en torno a la teología, como disciplina que se ocupa de ese problema. Entre 1450 y 1650, la acumulación de ganancias pasó a convertirse en el problema mayor, y la teología cedió su lugar a la economía, que se ocupa de garantizar esa acumulación mediante el crecimiento económico sostenido.

Con ello, la idea de que se vivía en la naturaleza, como parte de una misma Creación, fue desplazada por la de que era justo y necesario vivir de la naturaleza, asumida a una escala cada vez más amplia como capital natural. En el proceso, una nueva organización del saber expulsó a la naturaleza de las ciencias sociales y las Humanidades, y la encerró en las ciencias naturales y las ingenierías, para dominarla de manera cada vez más completa.

De aquí resultó, como direjra el geógrafo Carl Sauer en 1956, “una confianza simple en las capacidades del avance ilimitado de la tecnología. Los científicos naturales eran y aún podrían ser de la estirpe de Dédalo, dedicados a inventar reorganizaciones cada vez más osadas de la materia y por tanto, lo quieran o no, de las instituciones sociales”

Todo eso ha contribuido a que hoy las relaciones de nuestras sociedades con la naturaleza generan una combinación de crecimiento económico con deterioro social y degradación ambiental. Eso plantea una lección de sencilla complejidad: si deseamos un ambiente distinto debemos crear una sociedad diferente.

Allí radica el desafío mayor de la educación ambiental en nuestro tiempo. Ella sólo merecerá su nombre en cuanto su razón de ser consista en contribuir a la sostenibilidad del desarrollo de la especie humana, a partir de una visión de las relaciones entre los sistemas sociales y los naturales que se corresponda con el potencial de armonía de cada uno. Pero deberá ganarse ese derecho actuando en el marco de sistemas educativos que no están diseñados para cambiar el mundo, sino para conservarlo organizado como está.

Aquí conviene recordar que no hay ya entre nosotros batalla entre la civilización y la barbarie sino “entre la falsa erudición y la naturaleza”, como lo advirtiera José Martí. Tal es el vínculo mayor entre la educación ambiental y la crisis que la hace indispensable. Estamos, ya, ante el problema de encontrar los medios para encauzar los cambios de la época hacia objetivos superiores de desarrollo humano y neutralizar los riesgos que pueden plantear a la sobrevivencia de nuestra especie. Y esto se hará con todos, o no será.