Guillermo Castro H.
“Estudien, los que pretenden opinar.
No se opina con la fantasía, ni con el deseo,
sino con la realidad conocida,
con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras
que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo.
[…] Ésa es la obligación de la conciencia, y el dictado científico.”
José Martí, 1894 1
El debate ha sido un invaluable compañero y aliado del ambientalismo, que enriquece constantemente nuestra cultura de la naturaleza. Baste recordar su aporte a la divulgación de la teoría de Darwin sobre el papel de la selección natural en la evolución de las especies, como lo tiene en nuestro tiempo el que tiene lugar en torno a los conceptos de desarrollo sostenible y sustentabilidad del desarrollo humano.
Hay diversas maneras de valorar la calidad de un debate. Para Antonio Gramsci (1891-1937), puesto que el interés de la discusión científica radicaba “radica en la búsqueda de la verdad y en el progreso de la ciencia”, en ella resultaba ser más “avanzado” quien entendiera que “el punto de vista de que el adversario puede expresar una exigencia que debe ser incorporada, aunque sea como momento subordinado, a la propia construcción.” Así,
Comprender y valorar con realismo la posición y las razones del adversario (y a veces el adversario es todo el pensamiento anterior) significa precisamente haberse liberado de la prisión de las ideologías (en el sentido peyorativo de ciego fanatismo ideológico), es decir, significa adoptar un punto de vista “crítico”, el único fecundo en la investigación científica.
Por esa vía, el debate trasciende el estado del conocer que lo origina, para identificar y encarar problemas nuevos y más complejos. Así, desde otra perspectiva, el papa Francisco hace de la evangelización un espacio de debate articulado a partir de cuatro principios: la superioridad del tiempo sobre el espacio; de la unidad sobre el conflicto; de la realidad sobre la idea, y del todo sobre sus partes.
Con ello, Francisco resalta el papel del debate en el trabajo a largo plazo ante “los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad”. Esto, dice, permite dar prioridad al tiempo, para “iniciar procesos más que de poseer espacios”, con el fin de generar “dinamismos nuevos en la sociedad e involucrar” a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en acontecimientos históricos. Si se trata de pasar de la aspiración imposible al crecimiento infinito a la de hacer sostenible el desarrollo humano, el debate que plantea Francisco es el que sin duda necesitamos.


