Guillermo Castro H.
En la historia de la especie humana, para fines del siglo XX el deterioro global de la biosfera desembocaba ya en una crisis compartida por todas las regiones del sistema mundial, del Norte y del Sur, hegemónicas o dependientes. Ese carácter común se hacía evidente en que – por diversas que sean sus culturas – todas ellas compartían un mismo conflicto entre dos visiones distintas de las relaciones entre lo social y lo natural.
Una visión consideraba “natural” que la biosfera se viera reducida a un reservorio de recursos a ser extraídos para el crecimiento económico tan intensamente como fuera posible. La otra cuestionaba tal “naturalidad” señalando que una relación armónica entre la producción y la naturaleza solo sería posible en sociedades en que las relaciones entre los grupos que las integran fueran armónicas también.
Para entonces cabía pensar que en ese conflicto existían aún posibilidades para el diálogo y la cooperación en el sistema mundial. Así, entre 1995 y 2015 fueron convocadas 21 Conferencias de las Partes (interesadas) sobre cambio climático, que culminaron en los acuerdos alcanzado en la última, realizada en París. Hoy, sin embargo, existen severas dudas sobre la posibilidad de cumplir con los compromisos adquiridos por esas partes para encarar el calentamiento global.
Abordar esto desde la ecología política – que se ocupa de los conflictos que resultan del interés de distintos grupos humanos por hacer usos mutuamente excluyentes de los recursos de un mismo sistema ambiental, que en este caso es la Tierra toda- puede contribuir a comprender la dificultad de fondo en el proceso. Así, por ejemplo, el concepto mismo de desarrollo sostenible – establecido como aspiración global en 1992, y que todas las partes invocan -, ha ido ganando matices que se excluyen entre sí
Para el Norte global, ese desarrollo demanda el crecimiento sostenido de una economía que depende de la extracción extensiva de recursos naturales. Con ello, garantizar la sustentabilidad de ese crecimiento constituye una tarea de orden esencialmente tecnológico y financiero, cuya viabilidad se determina caso por caso. En el Sur persiste una visión del desarrollo elaborada a mediados del siglo XX, en la cual el crecimiento económico generaría bienestar social y participación política creciente a escala de sociedades completas.
La construcción de espacios de convergencia entre ambmas visiones es una compleja tarea política muy compleja. En ella cumplirá un papel muy importante, al decir del historiador ambiental Donald Worster, “combinar una vez más la ciencia natural y la historia [en] una importante empresa cultural” que facilite la creación de formas nuevas de comprensión de las relaciones entre las sciedades y sus entornos naturales. Esto será – ya es – imprescindible para el cambio político necesario para que las preocupaciones del presente se transformen en la acción política necesaria para garantizar, a un tiempo, la sustentabilidad del desarrollo humano del cual depende la sobrevivencia de la especie en un plazo que va siendo cada vez más corto.


