Guillermo Castro H.
La historia ambiental es aquella que hace del ambiente su objeto de estudio. Ese objeto es asumido como el producto de las interacciones entre la especie humana y sus entornos naturales mediante procesos de trabajo socialmente organizados, y de las consecuencias de esas interacciones para ambas partes a lo largo del tiempo.
Años más, años menos, la década de 1970 suele ser considerada como el punto de origen de esta historia. Su desarrollo vendría a coincidir con la bancarrota del marxismo soviético, de la teoría del desarrollo, y del humanismo liberal. Confluiría en cambio con el despliegue de la geocultura neoliberal, y con la formación de un clima de escepticismo generalizado en torno a la capacidad de los humanos para encarar el deterioro del ambiente forjado en el marco del desarrollo del mercado mundial.
En nuestra América, su punto de partida se ubica en 1980, con la publicación del ensayo “Notas sobre la historia ecológica de América Latina”, del agrónomo Nicolo Gligo y el biólogo Jorge Morello. Acá, al Sur, su desarrollo inicial ocurrió en el marco de las bancarrotas del marxismo soviético y el desarrollismo cepalino; el acoso incesante a sus remanentes por parte del pensamiento único neoliberal, las cómodas vanidades de aquello que se llamó a sí misma la posmodernidad.
Esto ha empezado a cambiar con la bancarrota cultural y política del neoliberalismo y el paso de la posmodernidad a la posteridad. Hoy se asiste a la lectura directa de los debates ambientales presentes en la geocultura mundial entre mediados del siglo XIX y del XX, desde una valoración renovada de la cultura de la naturaleza de nuestras sociedades, del poblamiento original de la región a sus movimientos populares de anteayer acá, y la preocupación por sobre el lugar y las opciones de nuestra América en la crisis socio-ambiental generada por el Antropoceno.
Esto ha incluido una valoración renovada del papel del trabajo en la producción del ambiente en que transcurre el desarrollo de la especie humana. Esto, en el sentido en que en 1875 Carlos Marx planteó que el trabajo “no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso […], ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.”[1]
La historia ambiental está en curso de convertirse en la historia natural de la especie humana. Como tal, hace parte ya del conjunto mayor de la historia ecológica, que se ocupa de la formación y las transformaciones de los ecosistemas que organizan la vida en la Tierra. Esa historia abarca unos 3,500 millones de años, mientras que la de los ambientes creados por nuestra especie abarca hasta donde sabemos unos 2 millones de años.
Hoy, nuestra historia ambiental nos ofrece ya una lección de sencillez correspondiente a la enorme complejidad de su contenido. Se trata, en breve, de que si deseamos un ambiente distinto tendremos que crear sociedades diferentes.
Identificar esas diferencias, y los medios para crearlas y ejercerlas, es la tarea fundamental de nuestro tiempo. No hacerlo implica dejarnos llevar por la deriva de la crisis socio-ambiental que nos conduce hoy en dirección a la barbarie, y quizás a nuestra extinción en un plazo más corto de lo que imaginamos.
Al plantearnos este problema, la historia ambiental ayuda a construir una cultura capaz de asumir este dilema como un problema de política. Con ello, viene a enriquecer otros campos emergentes en el saber ambiental, como lo son la ecología política y la economía ecológica, y nos vincula a un problema que desborda ya las capacidades de la geocultura de un sistema mundial que ha entrado en su fase de descomposición.
Por lo mismo, hoy importa como nunca atender a lo que nos advirtiera José Martí en 1891, cuando se iniciaba la crisis de la organización colonial del sistema mundial: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.”[1] De esa tarea hace parte, justamente, el desarrollo de la historia ambiental en nuestra América.
[1] “Nuestra América”. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. VI, 18.


