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Para el año 2022, un informe de la Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación nos advertía que hasta el 40% de la tierra del planeta estaba degradada. * Esto afectaba a la mitad de la humanidad, generaba “una amenaza para aproximadamente la mitad del producto interno bruto (PIB) mundial (44 billones de dólares) y  permitía prever para 2050 “la degradación adicional de un área casi equivalente al tamaño de Sudamérica.

Esta circunstancia demandaba ya adoptar “un planteamiento de crisis para conservar, restaurar y utilizar la tierra de manera sostenible”, considerando que nunca antes en la historia reciente “se había enfrentado la humanidad a tal variedad de riesgos y peligros conocidos y desconocidos que interactúan en un mundo hiperconectado que cambia rápidamente.”

Ante esta situación, era indispensable “introducir cambios si queremos garantizar nuestra supervivencia y prosperidad.” Siguiendo el método usual en los organismos internacionales, el Informe presentaba esa necesidad de cambios en tres escenarios. El primero se refería al deterioro generalizado que generaría no hacer cambios; el segundo, al impacto de la sola restauración de una importante cantidad de áreas degradadas, y el tercero al de una política de restauración y protección “en zonas importantes para la biodiversidad, la regulación del agua, la conservación del suelo y las reservas de carbono, y la prestación de funciones críticas de los ecosistemas.”

Ese último escenario generaría otros 4 millones de kilómteros cuadrados de zonas naturales, concentradas sobre todo en Asia Meridional, Asia Sudoriental, y América Latina; evitaría una tercera parte de la pérdida de biodiversidad entonces en curso, y contribuiría a generar una reducción de emisiones y un aumento de las reservas de carbono “equivalentes a más de siete años del total de las emisiones mundiales de hoy en día.” Por otra parte, los rendimientos económicos de la restauración de las tierras y la reducción de la degradación, las emisiones de gases de efecto invernadero y la pérdida de biodiversidad “podrían ascender a entre 125 y 140 billones de dólares de los Estados Unidos cada año; es decir, hasta un 50% más que el PIB mundial de 93 billones de dólares”.

Por contraste, de mantenerse las tendencias actuales de degradación de las tierras, se prevé “un aumento de las interrupciones en el suministro de alimentos, la migración forzada, la pérdida rápida de biodiversidad y las extinciones de especies, que vendrá acompañado de un mayor riesgo de zoonosis como la COVID-19, un deterioro de la salud humana, y conflictos por los recursos terrestres.” Todo esto reitera una característica de la crisis que vivimos: se sabe qué hacer, pero no cómo hacerlo. Pasamos así del terreno de la ecología al de la ecología política. Allí se decidirá el futuro que hayamos escogido a sabiendas o no.

Alto Boquete, Panamá, 12 de abril de 2025


* Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra Desertificación: “Degradación crónica de las tierras: las Naciones Unidas ofrecen serias advertencias y remedios prácticos en su

informe Perspectiva global de la tierra 2.  https://www.unccd.int/sites/default/files/2022-04/Spanish.pdf