Guillermo Castro H.
No puede caber duda sobre la importancia de la educación para encarar los problemas ambientales que nos aquejan hoy. Sin embargo, hay que atender también al riesgo de que una confianza mal entendida en este hecho venga a justificar la aplicación a corto plazo de las soluciones que ya demandan esos problemas.
Aquí conviene empezar por el objeto de esa educación. El ambiente no es todo lo que nos rodea. Eso, en todo caso, es la naturaleza, y el ambiente es el resultado de la forma en que nos relacionamos con ella. Esa relación, además, no se limita a la conducta de cada individuo respecto a su entorno, sino que se extiende al conjunto de los vínculos de los seres humanos entre sí y con los entornos naturales de los que depende directa e indirectamente su existencia.
Ante el hecho de que esas relaciones vinieran a generar una crisis socio-ambiental de escala planetaria, la educación ambiental surgió como un primer paliativo a la tendencia constante al incremento de la inequidad en las relaciones sociales como en las de las sociedades con sus entornos naturales. Sin embargo, esa tendencia expresa una contradicción entre una economía organizada para el crecimiento sostenido – vinculado a su vez a la extracción masiva de recursos naturales, y al descarte masivo de desechos en el ecosistema global -, y la necesidad de atender a la sustentabilidad en el desarrollo de la especie humana.
Así, nos encontramos ante un conflicto entre una educación diseñada para promover el crecimiento sostenido de una economía que trabaja contra la naturaleza, y la que requeriría una distinta, que trabajara con ella, y tendiera al decrecimiento planificado, el reciclaje de sus desechos y a la atención a las necesidades fundamentales de nuestra especie. En breve, ese conflicto enfrenta de manera cada vez más evidente a la educación ambiental con la educación para el crecimiento sostenido, hoy dominante.
Aunque este conflicto tiene una dimensión ética, su carácter decisivo político, pues entraña una opción. No cabe esperar, aquí, que la educación ambiental – que lleva por necesidad al trabajo con la naturaleza – pueda adaptarse a las necesidades del crecimiento sostenido. Lo que la crisis socio-ambiental demanda es que la educación para el crecimiento sostenido sea transformada en otra nueva y distinta, que facilite la sustentabilidad del desarrollo humano.
Este es el nudo gordiano que ata nuestras opciones de futuro. La opción dominante hoy nos encamina al agotamiento de las condiciones naturales de las que depende nuestro desarrollo, a un retroceso generalizado a la barbarie en nuestras relaciones sociales, y a un riesgo cierto de extinción en un planeta que pierda su capacidad para sostenernos. Los espacios de transacción que intentamos crear a principios del siglo XXI – desde los acuerdos sobre el cambio climático hasta los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 – se estrechan cada vez más. Por lo mismo, la necesidad de optar por una u otra educación va siendo cada vez más imperiosa.
Alto Boquete, Panamá, 9 de abril de 2025


