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Guillermo Castro H.

2025 será un año de aniversarios para la cultura ambiental.  En mayo hará un decenio la publicación de la Encíclica Laudato Si’, en la que Francisco – el primer papa proveniente de nuestra América – definió al “medio ambiente” a partir de la relación que “existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita.” Esto, añadió,

nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. […] No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.

Las raíces de esta visión son más profundas de lo que imaginamos. En octubre próximo encontraremos una de ellas, al cumplirse un siglo de la publicación en 1925 del ensayo “La Morfología del Paisaje”, del geógrafo norteamericano Carl Sauer (1889-1975). Su disciplina, planteó allí, se ocupa del contacto “del hombre con su hogar cambiante, tal como se expresa a través del paisaje cultural,” y agregó que se interesaba ante todo “en la importancia del lugar para el hombre, y también en su transformación de ese lugar.”[1]

 A partir de aquel manifiesto antideterminista, Sauer desarrollaría una aguda visión sobre el vínculo entre la economía, la tecnología y el desarrollo social. Para 1956 – ya inmerso el mundo en el proceso que condujo a la crisis a que se refiere Francisco-, señalaría que “los científicos físicos y los ingenieros de hoy son a menudo del linaje de Dédalo, dedicados a inventar reorganizaciones cada vez más asombrosas de la materia y por tanto, lo deseen o no, de las instituciones sociales”. Y a eso agregaría que la ciencia social, antes que advertir a la sociedad el riesgo de caer como Dédalo al vacío, contemplaba ya “con envidia las conquistas de la ciencia física”, y aspiraba “a una competencia y una autoridad similares en el reordenamiento del mundo”.

Con ello confirmaba el compromiso la visión socio-ambiental (el término estaba aún por venir) de sus conclusiones de 1925, al decir que su campo del conocer se ocupaba “a un mismo tiempo con la interrelación entre grupo, o culturas, y lugar, tal como se expresa en los diversos paisajes del mundo.”  Y daba fe de ello en su tiempo, como lo hace Francisco en el nuestro.