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Guillermo Castro H.

“la intervención humana en la Naturaleza
acelera, cambia o detiene la obra de ésta,
y […] toda la Historia es solamente la narración
del trabajo de ajuste, y los combates,
entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana.”
José Martí, s.f.[1]

En lo general, se llama servicios ecosistémicos a los diversos beneficios que los humanos obtienen gratuitamente de los ecosistemas. Dichos servicios se agrupan en cuatro amplias categorías: los de aprovisionamiento; de regulación; de apoyo, y culturales.[2]

Vistos con mayor detalle, los servicios de aprovisionamiento consisten en todos los productos obtenidos de los ecosistemas, desde alimentos silvestres hasta cultivos; materias primas; recursos genéticos (incluidos genes para mejorar los cultivos y atención sanitaria) y medicinales; energías renovables y recursos ornamentales, desde elementos decorativos hasta materias primas para la artesanía. Los de regulación, por su parte, se refieren a campos como la purificación del aire y del agua; la captura de carbono atmosférico – que contribuye a mitigar el cambio climático; la descomposición y desintoxicación de recursos; el control biológico plagas y enfermedades; la polinización de las plantas silvestres y cultivadas, y la regulación de perturbaciones, como en el caso de las inundaciones.

Los servicios de apoyo, por su parte, son aquellos que permiten la presencia de otros servicios ecosistémicos. Incluyen, por ejemplo, el ciclo de nutrientes en los suelos y las aguas[3]; la producción primaria de formas de vida en la base de la cadena alimentaria, como es el caso de las plantas; la formación de suelo y la provisión de hábitat. Con ello, además, estos servicios de apoyo permiten que los ecosistemas proporcionen otros servicios como el suministro de alimentos, la regulación de inundaciones y la purificación del agua. Finalmente, los servicios culturales son aquellos relacionados con “actividades recreativas, estéticas, cognitivas y espirituales, que no son fácilmente cuantificables en términos monetarios.” 

Aquí importa resaltar que, si bien un ecosistema no ofrece necesariamente los cuatro tipos de servicios simultáneamente, los seres humanos se benefician de los servicios que ofrece una combinación de ecosistemas, a la que podemos llamar un sistema ambiental. Así, “algunos servicios afectan directamente el sustento de las poblaciones humanas vecinas (como el agua dulce, los alimentos o el valor estético, etc.), mientras que otros, como el cambio climático o la acumulación de desechos en tierras, aguas y la atmósfera afectan las condiciones ambientales generales,” que inciden indirectamente en la vida de los seres humanos.

En su conjunto, estos servicios interactúan entre sí y con las especies que habitan el planeta – en primer término, con la humana – a escala global. Con ello, su incidencia en una u otra región tiene siempre un carácter glocal, que expresa el resultado de esas interacciones generales en una situación particular. Esto adquiere especial importancia cuando el planeta viene siendo afectado desde mediados del siglo XX por una creciente incidencia de la actividad humana en todos los sistemas que lo integran. Estos sistemas incluyen la atmósfera, la hidrósfera, la litósfera (o geosfera), la biosfera – el ámbito de la Tierra donde la vida crea las condiciones para su propia existencia – y la heliosfera, o ámbito de incidencia de la energía solar en el sistema planetario. Y a ello cabría agregar, hoy, la noosfera, entendida como la esfera de incidencia de la actividad humana en el conjunto de esos otros sistemas.

De esa noosfera hace parte ya el proceso de creciente deterioro de la capacidad del planeta para ofrecer los servicios ecosistémicos a que hemos hecho referencia. Ese deterioro se expresa en varios planos de especial gravedad: la intensificación de la variabilidad climática que conduce al cambio climático; la acidificación de los océanos; el agujero en la capa de ozono; los ciclos del nitrógeno y el fósforo; la creciente escasez de agua dulce; la deforestación y los cambios en el uso del suelo; la pérdida de biodiversidad; la contaminación por partículas en la atmósfera, la contaminación química, y la acumulación de desechos de origen humano en la biosfera.

Desde esta perspectiva, resulta útil distinguir entre los servicios ecosistémicos, generados por los sistemas naturales y accesible de manera gratuita, y los servicios ambientales, producidos por la actividad humana mediante la inversión de trabajo, recursos financieros y tecnología para ofrecerlos en el mercado. Esta diferencia se extiende a los costos de la incidencia económica de ambos tipos de servicio.

En el caso de los ecosistémicos, esa incidencia se expresa en factores como el carácter irremplazable de un servicio o un conjunto de servicios agrupados, que facilitan asignar valor económico para su gestión por la sociedad. Algunos métodos para valorar los servicios ecosistémicos en términos monetarios incluyen el costo evitado -cuando los servicios permiten a la sociedad evitar costos que se habrían generado en ausencia de esos servicios-; el costo de reemplazo – cuando los servicios podrían reemplazarse con sistemas creados por el hombre, y el llamado “ingresos de los factores”, cuando los servicios contribuyen a mejorar los ingresos de los productores, como la oferta de insectos polinizadores o la presencia en el entorno de manglares que facilitan la reproducción de especies acuáticas.

Sin embargo, este planteamiento enmascara el hecho de que, en todos esos casos, lo que se contrasta es el carácter gratuito de los servicios ecosistémicos con el costo que implicaría compensar su pérdida mediante la producción de servicios alternativos. En este sentido, los servicios así producidos no serían ya ecosistémicos sino ambientales, esto es, no serían el producto de procesos naturales sino de actividades productivas correspondientes a la interacción entre la sociedad y los entornos naturales de los que depende su existencia.

En este sentido, los servicios ecosistémicos corresponderían al ámbito de la biosfera – el ámbito del planeta en el que la vida crea las condiciones para su propia existencia -, mientras el de los servicios ambientales sería el de la noosfera generada por la intervención humana en la primera mediante el recurso al conocimiento, la tecnología y la innovación en los procesos de interacción entre la sociedad y sus entornos naturales.[4] En este sentido, también, los servicios ambientales harían parte de la producción social de las condiciones naturales de producción, cuya dirección corresponde en una importante medida al Estado.

La producción de servicios ambientales ya hace parte de la economía en Panamá, en lo que va de actividades de reciclaje a la oferta de servicios de reforestación y restauración de ecosistemas degradados, la investigación y desarrollo en el campo de la agroecología, y la oferta de fuentes de energía renovable. Sin embargo, aún opera en un entorno en el que su trascendencia no es debidamente apreciada, debido en parte al desarrollo apenas incipiente de la cultura ambiental en este campo, a la ausencia de políticas de estímulo al desarrollo de esta actividad, y la carencia de un mercado debidamente organizado.

Nada de eso ocurrirá por generación espontánea. En una perspectiva estratégica, el principal factor de retraso en este campo radica en el bajo nivel de organización de los proveedores de estos servicios. Esto se hace sentir ya en la carencia de un mercado de servicios ambientales debidamente organizado, que estimule y facilite a los proveedores la formación de relaciones de cooperación con entidades de investigación y de formación de capacidades para la gestión de esos servicios, y les facilite ampliar su presencia entre los sectores productivos del país.

Nunca han sido tan necesarios estos ajustes, para enfrentar los combates a los que nos desafía una noosfera enloquecida. El desarrollo de la oferta de servicios ambientales en cantidad, calidad y organización dependerá cada vez más de la capacidad de las distintas regiones del país para vincular entre sí la investigación, la formación de capacidades y el desarrollo de emprendimientos innovadores.

Contribuir a la oferta de esos vínculos es una de las líneas de trabajo del Centro de Investigación, Formación y Emprendimiento de la Región Occidental de Panamá (CIFE-RO), en campos que van desde la restauración de ecosistemas degradados hasta la creación de redes de alerta temprana que velen por la buena gestión de los ecosistemas de los que depende la sustentabilidad del desarrollo humano en esta región. Así, crecemos con la gente, para ayudarla a crecer.


[1] Artículos varios: “Serie de artículos para La América”. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XXIII, 44.

[2] https://en.wikipedia.org/wiki/Ecosystem_service

[3] El ciclo de nutrientes es el movimiento de nutrientes a través de un ecosistema mediante procesos bióticos y abióticos. El océano es un vasto depósito de estos nutrientes, como el carbono, el nitrógeno y el fósforo. Los nutrientes son absorbidos por los organismos básicos de la red trófica marina y, por lo tanto, se transfieren de un organismo a otro y de un ecosistema a otro. Los nutrientes se reciclan a lo largo del ciclo de vida de los organismos a medida que mueren y se descomponen, liberándolos al entorno circundante. «El servicio del ciclo de nutrientes eventualmente impacta todos los demás servicios ecosistémicos, ya que todos los seres vivos requieren un suministro constante de nutrientes para sobrevivir».

[4] La relación entre los conceptos de biosfera y noosfera tiene su punto de partida en la obra del científico ruso Vladimir Vernadsky (1863-1945). Al respecto, por ejemplo, https://fcmanrique.org/wp-content/uploads/La-biosfera-final.pdf .