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Guillermo Castro H.

En diciembre de 1966, el historiador norteamericano Lynn White (1907-1987) ofreció una conferencia sobre las raíces históricas de nuestra crisis ecológica, en la cual prestó especial atención a los vínculos existentes entre los valores éticos de raíz cristiana y el papel de la ciencia y la tecnología en nuestras relaciones con el mundo natural. [1] En ese sentido, White sostuvo que la victoria del cristianismo sobre el paganismo había sido “la mayor revolución psíquica en la historia de nuestra cultura”, al punto de que aun si “las formas de nuestro pensamiento y lenguaje han dejado de ser cristianas en gran medida,” la esencia aún resultaba “asombrosamente afín a la del pasado.” Así, dijo,

Especialmente en su forma occidental, el cristianismo es la religión más antropocéntrica que el mundo ha visto. […] El cristianismo, en absoluto contraste con el paganismo antiguo y las religiones de Asia […], no solo estableció un dualismo entre el hombre y la naturaleza, sino que también insistió en que es la voluntad de Dios que el hombre explote la naturaleza para sus propios fines.

Para White, nuestra ciencia y nuestra tecnología habían surgido “de las actitudes cristianas ante la relación del hombre con la naturaleza, que son casi universalmente sostenidas no solo por cristianos y neocristianos, sino también por aquellos que cariñosamente se consideran a sí mismos como postcristianos.” A pesar de Copérnico, agregó, “todo el cosmos gira alrededor de nuestro pequeño planeta. A pesar de Darwin, no formamos parte, en nuestros corazones, del proceso natural. Somos superiores a la naturaleza, la despreciamos, estamos dispuestos a usarla para nuestro más mínimo capricho.”

Al respecto, propuso “reflexionar sobre el más grande radical en la historia cristiana desde de Cristo: san Francisco de Asís”, atendiendo en particular a “su creencia en la virtud de la humildad, y no solo para el individuo, sino para el ser humano como especie”, que lo llevó al intento de “destituir al hombre de su monarquía sobre la creación y establecer una democracia entre todas las criaturas de Dios.” Dado que ningún nuevo conjunto de valores fundamentales “ha sido adoptado en nuestra sociedad en reemplazo de los del cristianismo”, añadió, la crisis ecológica tenderá a empeorar “hasta que rechacemos el axioma cristiano de que la naturaleza no tiene ninguna otra razón de ser que servir al hombre.” Para ello, dijo,

La noción profundamente religiosa, pero herética, de los primeros franciscanos acerca de la autonomía espiritual de todas las partes de la naturaleza puede señalar una dirección. Propongo a Francisco como santo patrono de los ecologistas.

Hoy, a la luz de la encíclica Laudato Si’(2015), lo dicho por White se suma al vasto cambio cultural que demanda una prosperidad capaz de conducirnos a la sustentabilidad del desarrollo humano, amenazada por las desarmonías en nuestras sociedades y en nuestras relaciones con la naturaleza de la que somos parte y de la cual dependemos para existir.


[1] https://revistas.uniandes.edu.co/index.php/nys/article/view/4736/4339