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Hace siete años ya, el historiador argentino Fernando González exploró la visión de la naturaleza del prócer cubano José Martí (1853-1895) [1]. Para éste, recordó,

Naturaleza es todo lo que existe, en toda forma, espíritus y cuerpos; corrientes esclavas en su cauce, raíces esclavas en la tierra; pies, esclavos como las raíces; almas menos esclavas que los pies. El misterioso mundo íntimo, el maravilloso mundo externo, cuanto es, deforme o luminoso u obscuro, cercano o lejano, vasto o raquítico, licuoso o terroso, regular todo, medido todo menos el cielo y el alma de los hombres, es naturaleza.[2]

Para Martí, “cada orden existente” en la tierra tenía “relación con otro orden”, y todo fortificaba “la creencia en la íntima dependencia y rigurosa analogía de las diversas creaciones de la naturaleza” (XXIII, 238). Así, “el hombre no es un soberbio ser central, individuo de especie única, a cuyo alrededor giran los seres del cielo y de la tierra, animales y astros; sino la cabeza conocida de un gran orden zoológico”, a un tiempo hijo y co-creador de la naturaleza.

En su condición de ser natural, el ser humano debía subsistir y para ello modificar la naturaleza para que “siga su curso majestuoso, el cual el hombre, en vez de mejorar, interrumpe” (XXI, 163). De allí que, para Martí, la historia fuera “la narración del trabajo de ajuste y los combates entre la Naturaleza extrahumana y la Naturaleza humana”. (VIII, 44).

Esa relación se limitaba a la acumulación de ganancias. Por el contrario, se ampliaba a la conquista de una prosperidad equitativa y sostenible. Al respecto, decía,

El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos, y mujeres venales y egoístas […]. La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce. (1975: VIII, 35)

En ese desarrollo de lo humano entre nosotros, Martí destacaba el protagonismo de lo que llamó el “hombre natural”, un sujeto colectivo capaz de crear desde sí la futura sociedad deseable en nuestra América. Para ese sujeto había aquí “batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza” y, por ello, el buen gobernante no era “el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país y cómo puede ir guiándolos en junto” para llegar a un buen gobierno. que “no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”. (VI,17)

En breve, la cultura de la naturaleza tiene raíces de gran diversidad y riqueza en nuestra América. Convendrá reconocerlas en autores como Martí, para que nuestro pasado desempeñe el papel que debe en la construcción de nuestros futuros.