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Guillermo Castro H.

La historia no transcurre en línea recta. Lo hace en una espiral que avanza hacia el futuro recuperando una y otra vez el pasado, en ciclos a veces más anchos, otras más estrechos, cuyos movimientos pueden ser descendentes o ascendentes en su constante devenir.

En esa espiral destacan hoy las preocupaciones que genera el impacto del crecimiento económico sostenido en el entorno natural. Esto ha creado la necesidad de entender cómo han sido organizadas las formas de interacción de la especie humana con sus entornos naturales a lo largo del tiempo, y cuáles han sido las consecuencias para ambas partes.

De eso trata la historia ambiental. Ella hace parte de otra, la ecológica, que abarca el desarrollo de la vida en la Tierra a lo largo de unos 3,500 millones de años. Así, toda historia ambiental es ecológica, pero no toda historia ecológica es ambiental.

En nuestro tiempo, ambas han venido a converger en una época a la cual llamamos el Antropoceno, en la cual la acción humana se ha constituido en la principal fuerza de cambio en la biosfera. Esa convergencia tiene sus raíces en la llamada Gran Aceleración en el crecimiento económico del mercado mundial a partir mediados del siglo XX, sustentada en un crecimiento desmesurado del extractivismo y la acumulación de desechos contaminantes en todo el planeta.

Fue en ese marco que vinieron a tomar forma el concepto de ambiente, en el campo de la ciencia, y el ambientalismo, en el de la cultura. Si miramos del presente al pasado, veremos que el punto de partida de ese proceso de formación puede ser rastreado en el desarrollo de la ciencia y la cultura Noratlánticas entre fines del siglo XIX y mediados del XX.

Así, en la década de 1930 el biogeoquímico ruso desarrolló los conceptos de biosfera y noosfera, tan cercanos a los de naturaleza y ambiente en nuestro tiempo, mientras en 1956 – apenas seis años antes de la publicación de La Primavera Silenciosa – el geógrafo Carl Sauer se preguntaba

¿Con qué propósito estamos comprometiendo al mundo a un ritmo creciente de cambio? […] En lo fundamental, hemos estado aprendiendo cómo agotar con mayor rapidez los recursos accesibles que conocemos. ¿No debemos admitir que mucho de lo que llamamos producción es extracción?

El Antropoceno vino a dar respuesta positiva a la preocupación de Sauer. Con ello, insertó una impronta de urgencia en lo ambiental, al asociarlo con el riesgo de extinción de la especie humana.

Todo confirma hoy que si deseamos un ambiente distinto tendremos que construir sociedades diferentes a las que nos han traído a estos desafíos. Quizás tengamos los recursos científicos y tecnológicos para hacerlo, pero su eficacia dependerá de los fines que orienten su uso.

La historia ambiental – y en un sentido más amplio, las Humanidades ambientales -tendrán una especial responsabilidad en la tarea de establecer esos fines, y contribuir a hacerlos realidad. Esta es ya su tarea mayor, que gana en importancia cada día.