Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Guillermo Castro H.

En el año 2022, la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, publicó un libro de gran importancia para el futuro de nuestro país: Los Pueblos Originarios de Panamá y su Relación con el Ambiente Natural: 50 años de estudios, cuyo autor principal fue el arqueólogo anglo-panameño Richard Cooke (1946-2023). Allí se confirma lo advertido por el historiador británico Chris Wickham, para quien “el desarrollo histórico no va a ninguna parte, sino que, al contrario, procede de algún sitio.”

En lo que hace a Panamá, dice Cooke, ese desarrollo abarca una “historia profunda” de unos quince mil años de duración, de los cuales solo el 5% cuenta con registros escritos. Conocerla permite entender que “la contribución de las sociedades originarias y de sus ancestros a la formación de las naciones modernas comprendidas en la subregión istmeña es mucho mayor de la que le atribuye habitualmente, tanto en la educación como en el modus pensandi popular.”

A esa ignorancia ha contribuido la ausencia, en la educación que tenemos, de tres datos elementales. El primero consiste en la antigüedad de la presencia humana en el Istmo. El segundo, en la organización cambiante de esa presencia humana en el territorio del Istmo a lo largo de esos 150 siglos.

Y el tercero consiste en el papel de las 52 cuencas hídricas del país en la organización natural del territorio en que tiene lugar nuestro desarrollo humano, para entender, por ejemplo, cuáles de esas cuencas, y por qué, estuvieron mucho más pobladas y fueron más prósperas en nuestro largo pasado que en el presente, en el Darién como en Coclé y Chiriquí. Y este no es un mero dato de geografía escolar, sino un conocimiento indispensable para comprender las consecuencias de esa relación para nuestro presente y nuestro futuro.

Razón tenía Richard Cooke al señalar la necesidad de otorgarle “una mayor importancia a la milenaria era precolombina en los colegios y universidades.” Él sugería incluir una materia titulada “Historia profunda de las sociedades originarias”, pero ya sería necesario ir más allá.

Hoy necesitamos una síntesis innovadora de lo que hemos llegado a saber de nuestra historia, que integre en un solo programa lo que hoy es ofrecido por separado. La obra de Cooke y otros arqueólogos abriría así las puertas a nuestra historia profunda; la de historiadores como Alfredo Castillero lo haría en cuanto al Panamá colonial; la de Alfredo Figueroa Navarro, para el Panamá colombiano, y las de Patricia Pizzurno, Celestino Araúz y Marixa Lasso para el Panamá republicano nos traerían a nuestro pasado reciente, y la de Omar Jaén Suárez ilustraría la geografía histórica del Istmo.

Los cimientos están allí. Falta levantar el edificio de la comprensión del país desde todo el pasado del que procede el desarrollo histórico que hemos conocido, para explorar desde allí los futuros que emergen del cambio de épocas que compartimos con la Humanidad entera. Y Richard Cooke nos acompañará sin duda en ese largo camino hacia la historia profunda de nuestro futuro.