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Guillermo Castro H.

Para fines del siglo XX, el deterioro global de la biosfera desembocaba ya, por primera vez en la historia de nuestra especie, en una crisis compartida por todas las regiones del sistema mundial, del Norte y del Sur; desarrolladas o subdesarrolladas; hegemónicas o dependientes. Ese carácter común se hacía evidente, además, en que – por diversas que sean sus culturas – todas esas regiones compartían un mismo conflicto básico entre dos visiones distintas de las relaciones entre lo social y lo natural.

Una de esas visiones proclamaba como “natural” que la biosfera se viera reducida a la condición de un reservorio de recursos a ser extraídos para el crecimiento económico tan intensamente como fuera posible. La otra, en cambio, cuestionaba tal “naturalidad” señalando que una relación armónica entre la producción y la naturaleza solo sería posible en sociedades cuyos en las que las relaciones entre los grupos que la integraran fueran armónicas también.

Para entonces cabía pensar que en ese conflicto existían aún sugerentes posibilidades para el diálogo y la cooperación en el sistema mundial. En ese espíritu, en 1995 fue convocada la 1ª Conferencia de las Partes (interesadas) sobre cambio climático, celebrada en Berlín – y ya pasamos por la 29ª, en Bakú, Azerbaiyán, que discutió nuevamente por qué no ha sido posible (aún) cumplir los acuerdos alcanzados en la 21ª, realizada en París en 2015.  

Abordar esto desde la ecología política – que se ocupa de los conflictos que resultan del interés de distintos grupos humanos por hacer usos mutuamente excluyentes de los recursos de un mismo sistema ambiental, que en este caso es la Tierra toda- puede contribuir a la comprensión de la dificultad de fondo en el proceso. Así, por ejemplo, el concepto mismo de desarrollo sostenible, que todas las partes invocan, ha ido ganando en matices que se excluyen entre sí

Para el Norte global, el desarrollo sustentable demanda el crecimiento sostenido de una economía que dependen en gran medida de la extracción extensiva de recursos naturales. En esa perspectiva, garantizar la sustentabilidad de ese crecimiento constituye una tarea de orden esencialmente tecnológico y financiero, cuya viabilidad se determina caso por caso.

En el Sur, por otra parte, persiste una visión del desarrollo elaborada a mediados del siglo XX, que designa un círculo virtuoso en el que el crecimiento económico se traduce en bienestar social y participación política creciente a escala de sociedades completas. Desde esa perspectiva, la sustentabilidad se presenta como un problema que debe ser resuelto mediante procesos de construcción de consensos entre todas las partes involucradas, en el mejor espíritu de la Carta de las Naciones Unidas, firmada el 26 de junio de 1945 en San Francisco, California, como acta de nacimiento de esa organización.

Aún cabe recordar, por ejemplo, que ya en 1910 Gifford Pinchot (1865-1946) podía afirmar en los Estados Unidos, por ejemplo, que “el primer principio” de la conservación era “el desarrollo, el uso de los recursos naturales actualmente existentes en este continente para beneficio de la gente que vive aquí en este momento”. El segundo consistía en “prevenir el despilfarro”, y el tercero señalaba que los recursos naturales debían ser “desarrollados y preservados para beneficio de la mayoría, y no simplemente para ganancia de una minoría.”

La búsqueda de esos espacios de convergencia es una de las tareas a cumplir por una historia ambiental, al decir del Dr. Donald Worster, uno de los fundadores de esa disciplina, la cual “busca combinar una vez más la ciencia natural y la historia, no como una especialidad aislada, sino como una importante empresa cultural que modificará considerablemente nuestra comprensión de los procesos históricos.”

El aporte de los historiadores vendrá así a facilitar el diálogo y la labor conjunta entre los científicos de lo natural y os que se ocupan de los social. Pero, y sobre todo, esa labor vendrá a facilitar formas nuevas de comprensión de las relaciones entre lo social y lo natural en nuestras vidas, promoviendo el tipo de cambio cultural que necesario para que las preocupaciones del presente se transformen en la clase de acción política necesaria para garantizar, a un tiempo, el desarrollo y la sustentabilidad de los que depende la sobrevivencia de nuestra especie en un plazo que va siendo cada vez más corto.